Crónica de una alianza incómoda, un gasto colosal y la promesa —o amenaza— de automatizar la mente humana.
EL PRECIO REAL DE LA IA — Y EL MALENTENDIDO DEL BILLÓN
Según The Information (5 de septiembre de 2025) y Reuters (6 de septiembre de 2025), OpenAI proyecta una quema de caja acumulada de 115 mil millones de dólares entre 2025 y 2029. En español no son “115 billones” (un millón de millones), sino ciento quince mil millones. “Quemar caja” significa gastar más de lo que ingresa para financiar chips, centros de datos, energía, talento y acuerdos de cómputo. Es una proyección financiera, no pérdidas contables auditadas, pero el orden de magnitud importa; Reuters incluso detalla montos anuales crecientes (alrededor de 17 mil millones en 2026, 35 mil millones en 2027 y 45 mil millones en 2028).
Esta cifra no demuestra un engaño. Señala algo más — la frontera de la IA es infraestructura pesada. Ya no hablamos de aplicaciones simpáticas; hablamos de gigavatios, obras civiles, fábricas de chips y nodos de TSMC, energía contratada a largo plazo, agua industrial, terreno, fibra y gasto de capitalcuyo retorno nadie puede asegurar. En esa escala, la IA se parece menos al software y más a ferrocarriles del siglo XXI — o reunís capital descomunal y acceso a energía, o mirás cómo otros tienden las vías. Y esa decisión no es solo empresarial, también es cultural: determina quién puede investigar, publicar y crear, y a qué precio.
LA PAREJA MÁS OBSERVADA DEL CAPITALISMO TECH
El vínculo OpenAI–Microsoft es la columna vertebral de este ciclo. En los últimos meses publicaron una declaración conjunta: firmaron un memorando de entendimiento no vinculante (preacuerdo) para “la próxima fase” de la alianza, mientras negocian el contrato definitivo. Traducción: “La relación sigue, pero estamos rearmando las reglas del juego”.
En el centro, una bomba semántica: la cláusula inteligencia general artificial (IGA). Según reportes, si OpenAI “alcanza” la inteligencia general artificial (IGA), ciertos derechos de Microsoft caducarían; Microsoft querría reescribir ese renglón, OpenAI se resiste. No es metafísica: es transferencia de valor en una línea de contrato. Cuando el lenguaje (¿qué es “inteligencia general artificial (IGA)”?) decide quién controla el siguiente motor de la productividad, la filosofía se vuelve contabilidad.
Al margen, los reguladores miran. En el Reino Unido, la CMA consideró que la sociedad no calificaba como fusión bajo su ley; en EE. UU., la FTC advirtió sobre estructuras de control de los nubes sobre desarrolladores de IA. No hay bala de plata regulatoria, pero sí un mensaje: los contratos son poder.
GEOPOLÍTICA DEL SILICIO: EL MOVIMIENTO AMD
Para que esta ópera siga, hace falta cómputo. Hasta ahora Nvidia repartía las cartas. En los últimos anuncios, OpenAI firmó con AMD un acuerdo multianual para desplegar gigavatios de GPUs (arrancando con un primer tramo) y —aquí lo distinto— recibió un opción de compra de acciones para comprar hasta cerca del 10% de AMD si se cumplen hitos técnicos y de precio. Es un pacto de hierro: suministro, volumen y alineación financiera. Reduce dependencia de Nvidia y fortalece el poder de negociación de OpenAI (también frente a Microsoft).
El mensaje: el proveedor de chips ya no es un tercero, puede convertirse en socio capitalizado del laboratorio de IA. Y al revés: el laboratorio se “financia” en parte arbitrando hardware futuro contra promesas de software presente. Es un círculo de confianza… o de riesgo sistémico, según quién lo mire.
ENTONCES, ¿QUIÉN NECESITA A QUIÉN?
OpenAI necesita cómputo barato, estable y escalable, más margen para renegociar con su gran nube y evitar un cuello de botella.
Microsoft necesita productos que justifiquen su apuesta total por Copilot y Azure, además de un relato de seguridad para reguladores.
AMD necesita volumen garantizado para desafiar a Nvidia.
Nvidia… sigue siendo el estándar de facto, pero con nuevos jugadores tocándole la puerta del centro de datos.
Por eso el memorando de entendimiento entre Microsoft y OpenAI compra tiempo; y el acuerdo con AMD compra grados de libertad. Tiempo y grados de libertad son la moneda más cara del presente.
CIENCIA ACELERADA, SOBERANÍA EN JAQUE
Es real, la IA ya mejora la ciencia (descubrimiento de materiales, diseño de fármacos, simulación climática). Pero acelerar no es democratizar. Si la arquitectura tecnológica queda sujeta a acuerdos de confidencialidad, bloqueos de proveedor en la nube y licencias opacas, la ciencia pública se vuelve arrendataria de plataformas privadas. Más artículos científicos, sí; menos soberanía epistémica.
El riesgo no es “la empresa mala”, es la arquitectura de incentivos: si lo público solo compra servicios cerrados, financia barreras de entrada. Si lo público cofinancia infraestructura abierta (datos, cómputo, interoperabilidad), baja el precio futuro del conocimiento.
LA AUTOMATIZACIÓN COGNITIVA TIENE UN CALENDARIO EN MARCHA
La discusión pública sigue atrapada en si el sistema se equivoca o no. Mientras tanto, en otra mesa se firman contratos de energía, suelo, fibra y chips con plazos de 24 a 48 meses. La automatización de tareas cognitivas —no de toda la mente humana, sino de tareas concretas— avanza por una cadena de desarrollo ya en marcha: hojas de ruta de modelos, mejoras cada trimestre, ajuste fino para cada sector, integración en los paquetes de oficina, automatización robótica de procesos y nuevas herramientas de programación. La pregunta no es si ocurrirá, sino quién se queda con la productividad generada.
¿QUÉ PODEMOS HACER LAS PERSONAS Y LAS COMUNIDADES?
Regular productos está bien (seguridad, transparencia), pero es tardío. El Estado que quiera tener voz tiene que meterse en las tuberías:
Compute público‑científico: consorcios con universidades y startups; acceso a GPUs/TPUs mediante subastas transparentes, con cuotas para investigación abierta.
Datos con retorno: si un modelo se entrena con datos públicos o compute subsidiado, debe devolver capacidad(licencias para salud/educación/investigación) y publicar tarjetas de entrenamiento.
Contratación inteligente: compras públicas con portabilidad obligatoria, logs auditables, salida sin penalidady límite a exclusividades.
Norma inteligencia general artificial (IGA)/superinteligencia artificial (SIA) operativa: no para poetizar, sino para evitar que una definición contractual opaca dispare transferencias privadasel día que alguien declare “lo logramos”.
Política laboral ex‑ante: si se automatizan tareas cognitivas, fondo de transición financiado por quienes capturan la productividad (por ejemplo, una tasa a copilots corporativos de cierto volumen).
Competencia en la nube: vigilar cláusulas de nación más favorecida, créditos atados a encierro del proveedor y participaciones cruzadas.
UN CONTRATO SOCIAL PARA LA IA (NO UN ESLOGAN)
Hoy ese “contrato social” no se discute en espacios públicos, sino que se cierra en anexos, memorandos de entendimiento y borradores de contrato. Allí se define si el conocimiento asistido por máquinas será un servicio público de calidad o un peaje privado. La automatización de tareas cognitivas llegará; lo que no es inevitable es que sus beneficios queden concentrados en quienes acceden a deuda barata.
La consigna mínima: si pagamos la fiesta con capital público (directo o indirecto), negociemos sillas en la mesa: acceso, interoperabilidad, retorno científico, cumplimiento normativo competitivo. “Innovación” no es licencia para privatizar infraestructura cognitiva.
CERRAR LA BRECHA — TECNOLOGÍA QUE NOS AGRANDE, NO QUE NOS ARRIENDE
Lo esencial no cambió con la IA: quien financia las vías decide el peaje. Hoy estamos levantando una infraestructura cognitiva con deuda privada y dependencia pública. Eso no es un destino, es una elección. Si los contratos que pagamos —con dinero, datos y atención— no exigen interoperabilidad, retorno social y pluralidad de proveedores, la cultura será usuaria, no autora.
La automatización de tareas intelectuales es inminente; la captura no tiene por qué serlo. Podemos atar la inversión a condiciones: portabilidad, auditoría, licencias para educación y salud, consorcios científicos y culturales. No es romanticismo: es contabilidad política de lo común.
La pregunta no es si la IA hará mejores modelos, sino si nos hará mejores sociedades. Si no escribimos ahora las cláusulas, otros pondrán la letra chica. Que la mente aumentada no sea un privilegio alquilado, sino un bien compartido que amplíe la obra de todes.
FUENTES
The Information — “OpenAI Says Its Business Will Burn $115 Billion Through 2029” (5 de septiembre de 2025).
Reuters — “OpenAI expects business to quema de caja $115 billion through 2029, The Information reports” (6 de septiembre de 2025).
OpenAI — “A joint statement from OpenAI and Microsoft” (11 de septiembre de 2025).
Microsoft — “A joint statement from Microsoft and OpenAI” (11 de septiembre de 2025).
Reuters — “Microsoft and OpenAI dueling over artificial general intelligence” (25 de junio de 2025).
Autoridad de Competencia y Mercados del Reino Unido (CMA) — “Microsoft / OpenAI partnership merger inquiry — Found not to qualify decision” (5 de marzo de 2025; texto completo publicado el 15 de abril de 2025).
Comisión Federal de Comercio de EE. UU. (FTC) — “Staff Report on AI Partnerships & Investments Study” (17 de enero de 2025).
AMD (comunicado oficial) — “AMD and OpenAI Announce Strategic Partnership to Deploy 6 Gigawatts of AMD GPUs” (6 de octubre de 2025).
Associated Press — “OpenAI and chipmaker AMD sign chip supply partnership for AI infrastructure” (6 de octubre de 2025).
Reuters — “AMD signs AI chip-supply deal with OpenAI, gives it option to take a 10% stake” (6 de octubre de 2025).
Tom’s Hardware — “OpenAI and AMD announce multibillion-dollar partnership…” (6 de octubre de 2025).
OpenAI — “Statement on OpenAI’s Nonprofit and PBC” (11 de septiembre de 2025).
LA DEUDA INVISIBLE DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL


