Le pedimos a un chatbot que nos resuma un PDF y sentimos que no pasó nada. Gratis, liviano, etéreo. La palabra «nube» hizo un trabajo de marketing impecable: nos convenció de que la inteligencia artificial no ocupa lugar.
Ocupa. Y esta semana quedó bastante claro dónde.
Querétaro: los números llegaron después
Oxfam México y Oxfam Intermón publicaron La huella que dejan las nubes, sobre los centros de datos instalados en Colón y El Marqués, Querétaro. Un solo centro tiene permisos para extraer hasta 25 millones de litros de agua de pozos, en un estado que entre 2024 y 2025 tuvo más del 90 % de su territorio en sequía. Los seis centros que CloudHQ levanta en Colón arrancan con 190 MW —el consumo anual de unos 420.000 hogares— y el campus proyecta llegar a 900 MW, equivalente a 2,6 millones. El gobierno estatal eximió a las empresas de presentar Manifestación de Impacto Ambiental y de pagar impuestos por emisiones. A cambio: alrededor de 200 empleos por centro, una vez terminada la obra.
El detalle no menor es el tiempo verbal. Esos números no los publicó el Estado ni las empresas: los reconstruyó una ONG, con las obras ya andando. CloudHQ, por su parte, rechazó las acusaciones de acaparamiento.
Canelones: el mismo guion, otro final (a medias)
Para entender qué se estaba jugando ahí, conviene mirar al sur.
En 2023, mientras el área metropolitana de Montevideo tomaba agua salinizada durante meses en la peor sequía en 70 años, se supo que el data center que Google proyectaba en el Parque de las Ciencias, Canelones, iba a consumir 7,6 millones de litros de agua potable de OSE por día. El uso doméstico de 55.000 personas.
¿Cómo se supo? No porque alguien lo contara. El Ministerio de Ambiente había declarado esa información secreto comercial, a pedido de la filial local de Google. Hizo falta una demanda administrativa apoyada en la ley de acceso a la información pública y en el Acuerdo de Escazú para que el dato saliera a la luz.
Y salió justo cuando el país no tenía agua. Escándalo, movilización, campaña ciudadana y una empresa reformulando el proyecto: terminó siendo tres veces más chico y enfriado por aire, en circuito cerrado, sin tomar agua de la red. Eso se llama victoria ciudadana, y lo fue.
La letra chica de la victoria
Pero no cerremos el cuento ahí. La autorización ambiental salió en junio de 2024. Cuatro familias linderas, identificadas en el propio estudio de impacto como «receptores sensibles» por el ruido, sostienen que nunca fueron contactadas ni consultadas: recién accedieron al expediente en julio de 2026, por pedido de acceso a la información, con la obra prácticamente terminada. Según la investigación del Pulitzer Center, el expediente se aprobó pese a generadores que emiten dióxido de nitrógeno muy por encima del límite legal. Y todo esto ocurre dentro de una zona franca, el régimen que también acá cambia suelo y energía por exoneraciones.
O sea: la información se litigó, no se dio. Y se dio incompleta.
Lo que en realidad separa a los dos casos
No fue la tecnología: el enfriamiento por aire existía desde el principio, sólo que costaba más. Tampoco fue la buena voluntad corporativa. Fue que en Uruguay coincidieron una sequía histórica, un movimiento por el agua con veinte años de rodaje desde el plebiscito de 2004 que metió el agua como derecho humano en la Constitución, y herramientas legales para forzar la apertura de un expediente. Tres cosas que no estaban disponibles en Colón.
Cambia el mineral, no la gramática. La mina, la soja, el litio, ahora los racks: el Sur pone el cuerpo material de una tecnología cuyo valor se contabiliza en otra jurisdicción. Y ojo que no es sólo cosa de Silicon Valley —Huawei ya tiene doce centros de datos en la región y Alibaba está entrando en Sudamérica—. Elegir de qué imperio ser sede no es exactamente soberanía.
La diferencia entre Querétaro y Canelones no estuvo en el contrato. Estuvo en cuánta capacidad social hubo para leerlo antes de firmarlo. Que es, dicho de otro modo, la única infraestructura crítica que no se importa.
La próxima vez que alguien diga «la nube», vale la pregunta más terrestre de todas: ¿de qué pozo sale, y quién tuvo que hacer juicio para enterarse?
Para seguir leyendo
- La huella que dejan las nubes. Los centros de datos y las desigualdades — Informe completo de Oxfam Intermón y Oxfam México (2026).
- Una nube se hace con agua — Semanario Brecha, sobre el caso uruguayo desde adentro.
- ¿Agua y electricidad para los centros de datos o para los latinoamericanos? — Investigación regional de El CLIP.
- Data centers en Querétaro: el dilema de consumir energía masiva o agotar el agua del estado — Expansión (México).
Para escribir esto usamos inteligencia artificial, y después lo revisó y editó el equipo de ATOMA. Lo decimos de frente porque creemos que la transparencia es parte de mirar la IA con sentido crítico: la usamos como herramienta, no como oráculo.

