Haceme lo mismo, pero cambiá un par de cosas

Haceme lo mismo, pero cambiá un par de cosas

Hay un prompt que se repite cada vez más: alguien ve una obra, un diseño o un video que funciona, se lo pasa a la IA y pide «algo así, pero con estos cambios». El resultado no es idéntico, pero cualquiera se da cuenta de qué copió. ¿Eso es inspirarse o plagiar con pasos de más?

El caso de Michael Jones lo muestra bien. Este escultor inglés talla animales con motosierra. En 2025 una foto de su trabajo se volvió viral convertida en imágenes de IA: gente posando junto a esculturas que nunca hizo, atribuyéndose la obra. El programa de John Oliver rastreó el origen y lo expuso. Jones vio su estilo replicado sin crédito ni compensación.

La delgada línea, sin embargo, no es solo legal: es ética. Y no se juega únicamente en el engaño hacia afuera. Hay uno más silencioso, hacia adentro.

Cuando trabajamos con IA generando, ajustando, descartando y volviendo a pedir, aparece un espejismo: empezamos a sentir que la obra es nuestra. Algo elegimos, sí. Pero curar no es lo mismo que crear. En ese ida y vuelta se borra el límite entre lo que hicimos nosotras y lo que hizo la máquina, hasta que dejamos de registrar quién puso qué. Nos convencemos de una autoría que en gran parte no ejercimos.

Ese autoengaño es el verdadero problema. Si no distingo dónde termina mi mano y empieza la herramienta, no puedo construir voz propia, ni criterio, ni oficio: creo que estoy creciendo cuando en realidad estoy delegando. Y tampoco puedo reconocer a quién le tomé algo, porque ya ni yo sé qué fue mío.

La ética, entonces, arranca en una honestidad incómoda con una misma: poder nombrar qué hice yo y qué hizo la IA. No para castigarnos, sino para no perdernos.

Conviene aclararlo: el estilo, en sí, no está protegido por los derechos de autor —nadie es dueño de «lo Ghibli»— y la ley cuida la expresión, no la idea. Pero, como señala la jurista Begoña González Otero (UOC), cuando unos rasgos son tan reconocibles que funcionan como «firma visual», copiarlos de forma masiva puede constituir competencia desleal. Lo legal, igual, es el piso, no el techo.

En clave latinoamericana, donde tantas creadoras trabajan sin una estructura que las respalde, esto pesa doble. La IA vuelve facilísimo tomar lo ajeno, disimularlo y hasta creérselo. Y lo fácil no siempre es lo justo.

Usar IA no es el problema. El problema es usarla para borrar el rastro del trabajo ajeno… y, de paso, el del propio.


Fuentes

  • Caso Michael Jones en Last Week Tonight (John Oliver) — The Wrap, junio 2025
  • «La inteligencia artificial frente al arte y los derechos de autor» — UOC, agosto 2025
  • Tratado OMPI sobre Derecho de Autor (dicotomía idea/expresión) — vía CEDRO